A sweaty dispersal into the fog
Nunca me gustou correr, pero hai unha sensación que me gustaría recuperar, sen a necesidade de ter que volver facelo. Ese instante no que un sabor metálico inunda por completo a boca. Sempre me gustou ese sabor. Cando isto ocorre, o corpo tamén tenta regular a súa propia temperatura, a superficie cutánea imprégnase dun líquido salgado. Aos poucos a suor comeza a evaporarse e a pel arrefríase. “A sweaty dispersal into the fog”. A auga dun estanque tamén se evapora e as plantas tamén transpiran.
Andrea contábame como sentía correr pola ría e como un día percibiu que unha luz asolagábao todo, a auga escintilaba e o seu corpo quedaba paralizado. Nunca corrín ao longo dunha ría, pero si sei que é o lugar onde o mar inunda un val. Pódome imaxinar o sabor desa auga que empeza a ser salgada e como a súa evaporación fai que o ambiente se sinta máis salgado. Creo que o traballo de Andrea existe nese lugar e nese momento, no que ela deixa de correr, no que o alento seca e a suor disípase nesa néboa salgada.
Cando deixa de correr, imaxínome que se adentra no comezo da ría, no final do río, e leva consigo decenas de tubos portaplanos, pero os seus son de aceiro inoxidable e fibra de vidro. Aí garda as fotografías que captura, cadeas de bólas, e sempre recolle un pouco desa auga salgada que só ela sabe como catalizar. O pelo de Andrea nunca está seco. Na cinturilla do seu pantalón leva enganchadas pinzas de plástico de diferentes cores, esperando a que, como un ramo de San Xoán, o seu cabelo por fin seque.
Nuria López Blanco
Comisaria
Nunca me ha gustado correr, pero hay una sensación que me gustaría recuperar, sin la necesidad de tener que volver a hacerlo. Ese instante en el que un sabor metálico inunda por completo la boca. Siempre me ha gustado ese sabor. Cuando esto ocurre, el cuerpo también intenta regular su propia temperatura; la superficie cutánea se impregna de un líquido salado. Poco a poco, el sudor comienza a evaporarse y la piel se enfría. A sweaty dispersal into the fog. El agua de un estanque también se evapora, y las plantas también transpiran.
Andrea me contaba cómo se sentía al correr por la ría y cómo, un día, percibió que una luz lo inundaba todo, el agua centelleaba y su cuerpo se quedaba paralizado. Nunca he corrido a lo largo de una ría, pero sí sé que es el lugar donde el mar inunda un valle fluvial. Me puedo imaginar el sabor de esa agua que empieza a estar salada y cómo su evaporación hace que el ambiente se perciba también más salado. Creo que el trabajo de Andrea existe en ese lugar y en ese momento: en el que ella deja de correr, en el que el aliento se seca y el sudor se disipa en esa niebla salada.
Cuando deja de correr, me imagino que se adentra en el comienzo de la ría, en el final del río, y lleva consigo decenas de tubos portaplanos, aunque los suyos son de acero inoxidable y fibra de vidrio. Ahí guarda las fotografías que captura, cadenas de bolas, y siempre recoge un poco de esa agua salada que solo ella sabe cómo catalizar. El pelo de Andrea nunca está seco. En la cinturilla de su pantalón lleva enganchadas pinzas de plástico de diferentes colores, esperando a que, como un ramo de San Juan, su cabello por fin se seque.
Nuria López Blanco
Comisaria
Actividad realizada con la ayuda del Ministerio de Cultura