Sustrato habitual
Afloración I
La pizarra es una materia metamórfica de 470 millones de años formada en el lecho de un océano extinto. En el occidente de Asturias, la compresión de la corteza ha transformado los sedimentos arcillosos en lousa: una piedra de grano extremadamente fino, hendida por una foliación o clivaje oscuro y brillante que permite laminarla. Desde la ontología de los nuevos materialismos, la brecha entre lo humano y la mineralogía es solo una ilusión provocada por la estrechez de la escala humana. Como sugería el biogeoquímico Vladimir Vernadsky en sus escritos sobre la biosfera, no existe una frontera tajante entre la vida orgánica y la litosfera. Las personas somos, en esencia, «minerales que caminan y hablan», configuraciones temporales del agua y los elementos terrestres que alteran la superficie del planeta antes de regresar al sedimento. La permanencia de la roca responde a un tiempo geológico o profundo (Deep Time) tan radicalmente lento que la percepción humana no atisba sus mutaciones salvo cuando sus movimientos son abruptos, como un argayu. La materia no aguarda a ser moldeada; simplemente ocurre.
Afloración II
Existe una potencia simbólica y mágica en la lógica de las formas primitivas. Tradicionalmente, las cubiertas del occidente se protegían con gruesas losas de pizarra extraídas manualmente, dispuestas solapadas en forma de escamas —a la manera de una piel mineral de pez— para la impermeabilidad. En el remate de las cumbreras, se colocaban rocas de formas caprichosas, redondas o picudas, llamadas cantapaxarinos, cantacucos o moños. Habitadas por el musgo hasta virar a tonos pardos, estas piezas convertían la materia inerte en un amuleto telúrico para sacralizar el hogar. La pizarra se revela así como soporte de escritura y objeto apotropaico: una interfaz entre la fragilidad humana y la inmensidad del clima. Como sugiere la historiadora de arte Lucy Lippard en Overlay, los orígenes del tiempo y del cómputo se sitúan entre los ciclos de la tierra y la luna —con el cuerpo como medio— y las líneas de un viaje hacia el cambio, recuperando esa «geometría terapéutica» del Neolítico basada en el módulo, la repetición y la fascinación por lo concreto.
Afloración III
Los materiales geológicos poseen una fuerza propia que puede parecer inerte y estable como la roca misma. Sin embargo, son marcadores silenciosos del paso del tiempo y de las lentas transformaciones de la materia. La morfología y composición de éstos generan preguntas sobre la materialidad de la Tierra para exponer la interconectividad de la materia y los procesos subyacentes que constituyen nuestro entorno. Frente a esta quietud totémica, el mundo presente ya no se define por un tiempo, sino por una velocidad; un umbral en que la Tierra está sufriendo una transformación cualitativa: otro mar, otro viento, otro suelo.
Afloración IV
Las cartas de navegación de las islas Marshall, tejidas con cañas y conchas para orientarse en la inmensidad del océano, no representan el mar: son puntos de contacto directo con la fuerza de las corrientes y el oleaje. Siguiendo una práctica de cartografía sensible, estas tramas «no son información sobre, sino más bien un punto de contacto con su fuente», confirmando la condición del artista como un catalizador que precipita la forma sin la interferencia de la interpretación abstracta. Un conocimiento homólogo emerge en la playa de Llumeres, donde las aguas del Cantábrico lamen los restos de la antigua mina de hierro explotada desde tiempos prerromanos. La abrasión marina disuelve el mineral fabricando estratigrafías y arcillas rojizas sobre la roca. En ese margen de fricción, la montaña y el océano se encuentran para mostrar que el paisaje se habita a través del desplazamiento y el roce directo de sus materiales: un acto de habitar que comparte raíz con lo habitual, revelando cómo el territorio se convierte en hogar solo cuando la geología se transforma en la costumbre de nuestros pasos.
Afloración V
En su libro Vibrant Matter, la teórica Jane Bennett enfatiza la agencia de lo no-humano: la capacidad de los materiales inorgánicos para actuar, animar y alterar los acontecimientos. La lousa revela la interconectividad de la materia y la sintaxis de sus grietas. Frente a la mediación tecnológica de la arquitectura contemporánea —que somete el paisaje a una medida impulsada por la máquina—, surge la intuición de la «desarquitecturización». Inspirándose en la dialéctica del site/non-site del artista Robert Smithson, la práctica artística renuncia a la producción de objetos terminados para demorarse en la lógica previa del material. Presentar la pizarra, el hormigón o el metal sin manipulación excesiva, valiéndose de operaciones elementales como apilar, ordenar, amontonar o confiar en el apoyo por gravedad, es operar como un bricoleur. Es el paso anterior a la construcción de espacios habitables, un retorno a los sistemas de unión secos e inmediatos. Las fuerzas y los materiales de la Tierra no son sólo objeto de estudio científico: también se han convertido en las condiciones de nuestra vida cotidiana.
Afloración VI
En A Sedimentation of the Mind, Smithson planteaba que la mente y la tierra se encuentran en un estado idéntico de erosión constante. Los ríos mentales desgastan orillas abstractas, las ondas cerebrales socavan acantilados del pensamiento. Todo el cuerpo es arrastrado hacia ese sedimento cerebral donde partículas y fragmentos se consolidan como conciencia sólida. En este punto de fricción, las herramientas no se diferencian de la materia sobre la que actúan: se hunden de nuevo en su condición primordial, en un mundo sin contención donde nada es definitivo.
Afloración VII
Los estratos de la Tierra componen un libro desordenado. Sepultado en la roca yace un texto que desborda la lógica racional y las cuadrículas con las que la sociedad confina la naturaleza. Para leer la piedra es imprescindible asumir la escala del tiempo profundo y la paradoja de una materia que muta a una velocidad inalcanzable para la mirada. Las herramientas del artista, los tornillos y los cortes no buscan dominar la piedra, sino abrir una hendidura en la corteza terrestre que nos recuerde que el paisaje es una geografía sensible en constante devenir.
— Cristina Ramos González